20 Hipódromo del Zulia, Maracaibo, Venezuela
Si hay nombres que deben pasar al recuerdo en la construcción del hipódromo
éstos son Hans Bock y Marcel Oppliger Moreno.
Cuando Koyaike ganó la licitación para la construcción del hipódromo se me
presentaba el problema de tener que ejecutar una enorme obra en un reducido
plazo.
Durante la construcción del Edificio Central de Controles del Metro de Caracas
había podido constatar que el nivel tecnológico de nuestra empresa, Koyaike, era
miserable: sus maestros de obra estaban capacitados para construir casitas de
dos pisos o edificios de vivienda de cuatro, pero no para ejecutar obras de cierta
complejidad.
Entonces consideré necesario contratar a un gran director de obras.
Al efecto me reuní con los principales contratistas del Metro de Caracas todos los
cuales estábamos asociados en la organización gremial ACOMECA, para
consultarles si conocían algún gran director de obras.
Dos de ellos coincidieron en mencionar a Hans Bock y se refirieron a él como
probablemente el mejor director de obras que uno pudiera conseguir en el mundo.
Entonces invité a uno de esos contratistas a mi oficina desde donde llamamos por
teléfono a diversos lugares de Europa hasta que en Bulgaria conseguimos a Hans
Bock.
Invité a Bock a pasar una semana en Venezuela con la idea de que pudiera
evaluar la posibilidad de venirse a trabajar para Koyaike en la construcción del
hipódromo del Zulia.
Cuando Bock se presentó en la oficina de Koyaike en Caracas comprendí que así
como Koyaike estaba tecnológicamente en un nivel muy deficitario yo mismo no
estaba en capacidad de evaluar a un director de obras que supuestamente era
uno de los mejores del mundo.
Como no sabía cómo evaluarlo, sugerí a Bock que se encerrara en una oficina en
el piso 16 del edificio de la avenida Andrés Bello donde Koyaike tenía su sede
principal y que se dedicara durante tres días a estudiar los más de mil planos y las
diversas carpetas de especificaciones de la obra, y le propuse que después
viajáramos juntos a Maracaibo para visitar el sitio y que después de todo eso Bock
expusiera cuál sería su plan para ejecutar la obra y cuáles serían las principales
consideraciones que en su opinión Koyaike debería hacer para poder cumplir con
la entrega de ese proyecto en el reducido plazo establecido por las condiciones de
licitación.
Y así lo hicimos. Visitamos Maracaibo. Al regreso nos reunimos largamente en la
oficina de Caracas. Bock formuló sus principales ideas para la construcción de la
obra, entre las cuales destacaban que los edificios de tribunas debían construirse
de arriba hacia abajo, y coincidió conmigo en que era necesario prefabricar la
mayor parte de los componentes de las muy diversas obras que conformaban ese
hipódromo de más de 100 millones de dólares.
Finalmente llegamos a un buen acuerdo y un mes después Bock se vino a vivir a
Maracaibo y se hizo cargo de la construcción del hipódromo de la Rita.
Dado que no hablaba español se le puso como traductor al ingeniero maracucho
Italo Salvetti. Ambos podían entenderse en italiano y Salvetti podía traducir al
español las instrucciones que daba Bock.
Construir de arriba hacia abajo significaba montar sobre cientos de miles de
encofrados las seis vigas principales de techo, cada una de las cuales medía 100
m de largo por un promedio de 4 m de altura y debería estar sometida a 1800
toneladas de postensión, algo que se dice fácil aunque no lo es.
También implicaba montar sobre encofrados las vigas de riostra que, a 30 m de
altura, unían y daban estabilidad a las vigas principales postensadas.
Obviamente hacer las cosas de esa manera obligó a alquilar una cantidad de
encofrados representada por más de 100 camiones que llegaron desde todo el
país y por los cuales se pagaba un elevado alquiler.
Para complicar las cosas, cuando se terminó de vaciar las vigas de techo y no se
tenía un gran avance en la estructura definitiva sobre la cual estas vigas se
apoyarían llegó una nota, típica de la gestión del gobierno de Venezuela, donde el
presidente de la empresa contratante informaba que se les acabó el dinero y que
se debía paralizar la obra por cuanto no estaban en condiciones de seguir
pagando.
Sólo para desocupar y devolver los más de 100 camiones de encofrados que se
estaban utilizando en la construcción de la obra Koyaike tuvo que hacer una
inversión adicional de más de 10 millones de dólares antes de paralizar los
trabajos atendiendo a la instrucción recibida del presidente del INH.
Durante este período las pesadísimas vigas de techo estaban apoyadas
solamente en andamios, en tanto la ejecución de la estructura que las soportaría
en forma definitiva se desarrollaba gradualmente. Ocurrió que un día se
empezaron a sentir crujidos que evidenciaban que una o más de las inmensas
vigas de techo se estaban cayendo.
El escuchar la noticia, el ingeniero Marcel Oppliger, quien se encontraba en la
oficina principal de la obra corrió a su camioneta y una vez que llegó hasta el
edificio de la tribuna principal del hipódromo fue formando a la carrera una
cuadrilla para atender la emergencia, subió hasta la parte más alta de la obra, todo
esto con gran riesgo de su vida, y tomó en sitio las medidas necesarias para evitar
que las vigas se siguieran desplazando y terminaron por caer y producir un
inmenso derrumbe en el que entre otras cosas Marcel y su cuadrilla
probablemente habrían muerto. El estilo de Marcel invariablemente era el mismo:
encaraba las situaciones con gran expedición, inteligencia, destreza y coraje. Un
inmenso ejecutivo.
Como el sitio en que se construía el hipódromo la Rita quedaba lejos de cualquier
ciudad y pueblo, pues está ubicado en la costa oriental del lago de Maracaibo
sobre la carretera Falcón Zulia a unos 6 km del puente sobre el lago, entre otras
cosas fue necesario habilitar un gran comedor para alrededor de 600 obreros y
trabajadores de la obra.
El dueño del comedor era un italiano bajito brutalmente hediondo que por alguna
razón producía comidas a un precio razonable y de una calidad que resultaba
satisfactoria para los trabajadores, de modo que con él se tenía resuelto un
problema importante.
Entre el personal de apoyo con que contaba el hediondísimo italiano se
encontraba su hija Sonia Rodríguez, de quince años de edad, jovencita de escasa
educación, más bien alta para los estándares de la zona, muy gordita pero de
aspecto duro y musculoso.
Como la mayor parte de la obra era de concreto Koyaike se vio en la necesidad
de instalar una gran planta de producción de concreto con silos para recibir el
cemento, áreas de acopio de piedra y de arena, un laboratorio para probar las
muestras que se toman en terreno, una bodega de almacenamiento de esas
muestras y diversos equipos eléctricos y mecánicos que servían a los efectos de
producir el concreto y vaciarlo en los 10 camiones mezcladores cada uno de 6 m³
de capacidad que se paseaban vaciando concreto por los mas de veinte frentes de
trabajo.
El gerente de la planta de concreto tenía que lidiar con los proveedores de piedra,
arena y cemento, hacer las compras oportunamente, asegurarse de que su
personal tomara muestras del concreto que se vaciaba, hacer las pruebas y los
informes respectivos y llevar las cuentas de la producción de concreto y del
consumo de los diversos insumos. También tenía que lidiar con proveedores y con
los choferes de los camiones de éstos y con los mecánicos y choferes de nuestra
empresa
Koyaike tuvo serias dificultades para conseguir un gerente de la planta hasta que
un día Bock me dijo que quería hacerme una proposición difícilmente aceptable.
Esa tarde ambos tomamos cervezas hasta que finalmente, para mi asombro Bock
planteó que quería contratar a la quinceañera Sonia Rodriguez, la hija del
hediondo italiano del comedor, una más de las varias chicas que servían almuerzo
a los trabajadores, como gerente de la planta de concreto, actividad acerca de la
cual ella no tenía la menor idea.
Finalmente se impuso el parecer de Bock y éste convenció a la muchachita de que
podría hacerse cargo de la planta de concreto. De ahí en adelante la planta y todo
su personal funcionaron a entera satisfacción. Pasados los años, Sonia entró a la
universidad, se graduó de ingeniero y se convirtió en contratista de construcción.
Toda una gran ejecutiva.
Cada miércoles nos reuníamos en la oficina de la obra los jefes de cada una de
los frentes de trabajo, Bock en su condición de director general y yo como principal
ejecutivo de la empresa y del consorcio. En esas reuniones la discusión era
acalorada y poco respetuosa.
Bock llevaba poco tiempo en Venezuela. Yo estaba preocupado de conservarlo
dado que era un irreemplazable director de obra.
Un día, al salir de la reunión le pregunté si en las reuniones en las que
acostumbraba a participar en otros países la discusión era tan acalorada y carente
de formalidades. Bock contestó que la única diferencia entre las reuniones en
Maracaibo y las que se daban en Europa era que en Europa se trataban de hijo de
puta y de coño de tu madre, cosa que aquí no ocurría.
El edificio para el paseo y puesta de aperos a los caballos de carrera estaba
techado por un grupo de 11 enormes delgadas tejas de concreto armado que
compartían una viga en cada costado longitudinal, vigas que se apoyaban cada
una en dos columnas, una en cada uno de sus extremos.
Habitualmente Bock y yo discutíamos en forma acalorada porque yo quería
prefabricarlo todo y Bock consideraba que algunas cosas debían ser fabricadas en
sitio pues no merecía la pena prefabricarlas o no era factible hacerlo.
En el caso de estas enormes tejas de más de 140 m² en planta y de un espesor de
10 cm yo quería prefabricarlas y Bock afirmaba que eso era absolutamente
imposible.
Finalmente se impuso mi autoridad, por lo que se construyó un encofrado similar a
una nave o arca boca abajo sobre la cual se dispusieron las armaduras de acero y
se vació la primera “teja” a un reducidísimo costo mediante albañiles trabajando
cómodamente sobre el encofrado. Hasta ahí todo era sencillo y sin riesgo alguno.
Lo que estaba en discusión era si, después de vaciar tan cómoda y
económicamente el concreto de la teja y una vez que éste se endureciera, sería
posible levantarla, separándola del encofrado sin que se rompiera.
La segunda duda era, si soportado el esfuerzo de separarse del encofrado la
inmensa teja sería capaz de soportar el cambio de estructura portante, al pasar
desde soportada por los cuatro puntos en que la levantaría la grúa a estar
soportada a todo lo largo de sus bordes apoyada en la vigas que le darían apoyo
definitivo.
Cuando llegó el día de levantar la primera teja ésta soportó el esfuerzo de ser
retirada de su encofrado y de ser levantada por la grúa cosa que ya significaba un
éxito para mi postura puesto que Bock afirmaba que la teja no soportaría ese
esfuerzo.
Después llegó el momento en que la teja fue dispuesta o colocada en su posición
definitiva. Tan pronto la grúa terminó de soltar la teja y le permitió apoyarse con
todo su peso en las vigas laterales la teja explotó y las columnas en las que se
apoyaban las vigas laterales se quebraron.
En resumen todo el esfuerzo realizado concluyó con la teja destruida y las
columnas de apoyo quebradas.
Entonces dije “Tenía razón usted, herr Bock”.
Bock, con su calma y sonrisa habituales dijo “No, herr García… Usted tenía razón.
Lo que falló no fue la teja: fueron las columnas. Si amarramos suficientemente las
columnas todo este proceso funcionará sin problemas”.
Después de esa extraordinaria observación realizada durante el colapso de una
estructura, fue posible fabricar y montar las 11 tejas a un costo extremadamente
reducido y sin mayor esfuerzo.
Este fue un hito inolvidable en la construcción del hipódromo.